Falsedades del pensamiento
económico dominante
Vicenç Navarro | Catedrático de Políticas Públicas de la
Universidad Pompeu Fabra
nuevatribuna.es | 31 Enero 2014 -
15:05 h.
Permítame, Sr. lector, que le hable como si
estuviéramos tomando un café, explicándole algunas de las mayores falsedades
que se le presentan a diario en la prensa económica. Debería ser consciente de
que gran parte de los argumentos que se presentan en los mayores medios de
información y persuasión económicos del país para justificar las políticas
públicas que se están llevando a cabo, son posturas claramente ideológicas que
no se sustentan en base a la evidencia científica existente. Le citaré algunas
de las más importantes, mostrándole que los datos contradicen lo que dicen. Y
también intentaré explicarle por qué se continúan repitiendo estas falsedades,
a pesar de que la evidencia científica las cuestiona, y con qué fin se le
presentan diariamente a usted y al público.
Comencemos por una de las falsedades más
importantes, que es la afirmación de que los recortes de gasto público en los
servicios públicos del Estado del Bienestar, tales como sanidad, educación,
servicios domiciliarios, vivienda social, y otros (que están perjudicando
enormemente el bienestar social y calidad de vida de las clases populares), son
necesarios para que no aumente el déficit público. Y se preguntará usted, “y,
¿por qué es tan malo que crezca el déficit público?”. Y los reproductores de la
sabiduría convencional le responderán que la causa de que haya que reducir el
déficit público es porque el crecimiento de este déficit determina el
crecimiento de la deuda pública, que es lo que el Estado tiene que pagar
(predominantemente a la banca, que tiene algo más de la mitad de la deuda
pública en España) por haber pedido prestado dinero a la banca para cubrir el
agujero creado por el déficit público. Se subraya así que la deuda pública (que
se considera una carga para las generaciones venideras, que tendrán que
pagarla) no puede continuar creciendo, debiéndose reducir recortando el déficit
público, lo cual quiere decir para ellos recortar, recortar y recortar el
Estado del Bienestar, hasta el punto de acabar con él, que es lo que está ocurriendo
en España.
Los argumentos que
se utilizan para justificar los recortes no son creíbles.
El problema con esta postura es que los datos (que
la sabiduría convencional oculta o ignora) muestran precisamente lo contrario.
Los recortes son enormes (nunca se habían visto durante la época democrática
unos tan grandes), y en cambio, la deuda pública continúa y continúa creciendo.
Mire lo que está pasando en España, por ejemplo, con la sanidad pública,
uno de los servicios públicos más importantes y mejor valorados por la
población. El gasto público sanitario como porcentaje del PIB se redujo
alrededor de un 3,5% en el periodo 2009-2011 (cuando debería haber crecido un
7,7% durante el mismo periodo para llegar al gasto promedio de los países de
semejante desarrollo económico al nuestro), y el déficit público se redujo,
pasando del 11,1% del PIB en 2009 al 10,6% en 2012, y en cambio la deuda
pública no bajó, sino que continuó aumentando, pasando del 36% del PIB en 2007
al 86% en 2012. En realidad, la causa de que la deuda pública esté aumentando
se debe, en parte, a los recortes del gasto público.
¿Cómo puede ser eso?, se preguntará usted. Pues la
respuesta es fácil de ver. El descenso del gasto público implica que disminuye
la demanda pública y con ello el crecimiento y la actividad económica, con lo
cual el Estado recibe menos ingresos por vía de impuestos y tasas. Y al recibir
menos impuestos, el Estado debe endeudarse más, con lo cual la deuda pública
continúa creciendo. Ni que decir tiene que el mayor o menor impacto estimulante
del gasto público depende del tipo de gasto. Pero se está recortando en los
servicios públicos del Estado del Bienestar, que son los que crean más empleo y
que están entre los que estimulan más la economía. Permítame que repita esta explicación
debido a su enorme importancia.
Cuando el Estado (tanto central como autonómico y
local) aumenta el gasto público, aumenta la demanda de productos y servicios, y
con ello el estímulo económico. Cuando baja, disminuye la demanda y desciende
el crecimiento económico, con lo cual el Estado recibe menos fondos. Es lo que
en la terminología macroeconómica se conoce como el efecto multiplicador del
gasto público. La inversión y el gasto públicos facilitan la actividad
económica, lo cual es negado por los economistas neoliberales (que se promueven
en la gran mayoría de medios de mayor información y persuasión del país), y
ello a pesar de la enorme evidencia publicada en la literatura científica (ver
mi libro Neoliberalismo y Estado del Bienestar, Ariel Económica, 1997).
Otra farsa: nos
gastamos más de lo que tenemos
La misma sabiduría convencional le está diciendo
también que la crisis se debe a que hemos estado gastando demasiado, muy por
encima de nuestras posibilidades. De ahí la necesidad de apretarse el cinturón
(que quiere decir recortar, recortar y recortar el gasto público). Por regla
general, esta postura va acompañada con el dicho de que el Estado tiene que
comportarse como las familias, es decir “en ningún momento se puede gastar más
de lo que se ingresa”. El Presidente Rajoy y la Sra. Merkel han repetido esta
frase miles de veces.
Esta frase tiene un componente de hipocresía y otro
de falsedad. Déjeme que le explique el por qué de cada uno. Yo no sé cómo
usted, lector, compró su coche. Pero yo, como la gran mayoría de españoles,
compro el coche a plazos, es decir, a crédito. Todas las familias se han
endeudado, y así funciona su presupuesto familiar. Pagamos nuestras deudas a
medida que vamos ingresando los recursos que, para la mayoría de españoles,
proceden del trabajo. Y de ahí deriva el problema actual. No es que la gente
haya ido gastando por encima de sus posibilidades, sino que sus ingresos y sus
condiciones de trabajo han ido deteriorándose más y más, sin que la población
sea responsable de ello. En realidad, los responsables de que ello ocurra son
los mismos que le están diciendo que tienen que recortarse los servicios
públicos del Estado del Bienestar y también bajar los salarios. Y ahora tienen
la osadía (para ponerlo de una manera amable) de decir que la culpa la tenemos
usted y yo, porque hemos estado gastando más y más. Yo no sé usted, pero le
garantizo que la mayoría de las familias no han estado comprando y amasando
bienes como locos. Todo lo contrario.
La misma hipocresía existe en el argumento de que
el Estado ha estado gastando demasiado. Fíjese usted, lector, que el Estado
español ha estado gastando, no mucho más, sino mucho menos de lo que han
gastado otros países de similar nivel de desarrollo económico. Antes de la
crisis, el gasto público representaba solo el 39% del PIB, cuando el promedio
de la UE-15 era un 46% del PIB. Ya entonces, el Estado debería haberse gastado
como mínimo 66.000 millones de euros más en gasto público social para haberse
gastado lo que le correspondía por su nivel de riqueza. No es cierto que ni las
familias ni el Estado se hayan gastado más de lo que deberían. Y a pesar de
ello, le continuarán diciendo que la culpa la tiene la mayoría de la población
que ha gastado demasiado y ahora tiene que apretarse el cinturón.
También habrá usted
escuchado que estos sacrificios (los recortes) hay que hacerlos “para salvar al
euro”.
De nuevo, esta cantinela de que “estos recortes son
necesarios para salvar al euro” se reproduce constantemente Ahora bien, en
contra de lo que constantemente se anuncia, el euro no ha estado nunca en
peligro. Ni tampoco hay la más mínima posibilidad de que algunos países
periféricos (los PIGS, que incluyen a España) de la Eurozona sean expulsados
del euro. En realidad, uno de los problemas de los muchos que tienen estos
países es que el euro está demasiado fuerte y sano. Su cotización ha estado
siempre por encima del dólar y su elevado poder dificulta la economía de los
países periféricos de la Eurozona. Y otro problema es que el capital financiero
alemán les ha prestado, con amplios beneficios, 700.000 millones de euros y
quiere ahora que los países periféricos los devuelvan. Si alguno de ellos
dejara el euro, la banca alemana podría colapsar. Esta banca (cuya influencia
es enorme) no quiere ni oír hablar de que estos países deudores se vayan del
euro. Les aseguro que es lo último que desean.
Esta observación, que es obvia, no es un argumento,
por cierto, a favor de permanecer en el euro. En realidad, creo que los países
PIGS deberían amenazar con salirse del euro. Pero es absurdo el argumento que
se utiliza de que España tenga que ver reducido el tiempo de visita al médico
todavía más para salvar al euro (que es el código para decir, “salvar a la
banca alemana y devolverle el dinero” que prestó consiguiendo enormes
beneficios).
Estas son las falacias que constantemente se le
exponen. Pero le aseguro que se le presentan sin que exista ninguna evidencia
que las avale. Así de claro.
La causa de los
recortes
Y se preguntará usted, ¿por qué se hacen entonces
estos recortes? Y la respuesta es fácil de ver, aunque raramente la verá en
aquellos medios de información y persuasión. Es lo que solía llamarse “lucha de
clases”, pero ahora aquellos medios no utilizan esta expresión por considerarla
“anticuada”, “ideológica”, “demagógica” o cualquier epíteto que utilizan para
mostrar el rechazo y deseo de marginalización de aquellos que ven la realidad
según un criterio distinto, e incluso opuesto, al de los que definen la
sabiduría convencional del país.
Pero, por mucho que lo quieran ocultar, esa lucha
existe. Es la lucha (lo que mi amigo Noam Chomsky llama incluso guerra de
clases –como expone en su introducción al libro Hay alternativas. Propuestas
para crear empleo y bienestar social en España, de Juan Torres, Alberto Garzón
y yo) de una minoría (los propietarios y gestores del capital, es decir, de la
propiedad que genera rentas) contra la mayoría de la población (que obtiene sus
rentas a partir de su trabajo). Ni que decir tiene que esta lucha de clases ha
ido variando según el periodo en el que uno vive. Era distinta en la época de
nuestros padres y abuelos de la que está ocurriendo ahora. En realidad, ahora
es incluso más amplia, pues no es solo de las minorías que controlan y
gestionan el capital contra la clase trabajadora (que continúa existiendo),
sino que incluye también a grandes sectores de las clases medias, formando lo
que se llaman las clases populares, conjuntamente con la clase trabajadora.
Esta minoría es enormemente poderosa y controla la mayoría de los medios de
información y persuasión, y tiene también una gran influencia sobre la clase
política. Y este grupo minoritario desea que se bajen los salarios, que la
clase trabajadora esté atemorizada (de ahí la función del desempleo) y que pierda
los derechos laborales y sociales. Y está reduciendo los servicios públicos
como parte de esta estrategia para debilitar tales derechos. También es un
factor importante la privatización de los servicios públicos, que es
consecuencia de los recortes, y que permite la entrada del gran capital (y muy
en particular del capital financiero-banca y de las compañías de seguros) en
estos sectores, aumentando sus ganancias. Usted habrá leído cómo en España las
compañías privadas de seguros sanitarios se están expandiendo como nunca antes
lo habían conseguido. Y muchas de las empresas financieras de alto riesgo (que
quiere decir, altamente especulativas) están hoy controlando grandes
instituciones sanitarias del país gracias a las políticas privatizadoras y de
recortes que los gobiernos están realizando, justificándolo todo con la farsa
(y créanme que no hay otra manera de decirlo) de que tienen que hacerlo para
reducir el déficit público y la deuda pública.
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